La Virgen del Rocío: Una imagen rompedora para su época

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La advocación de la Virgen del Rocío, coronada en septiembre de 2015, su atuendo y la tonalidad del palio supusieron toda una novedad rompedora en su origen.

La revitalización, o quizás mejor dicho, la reinvención de la Semana Santa malagueña a partir de los primeros años del pasado siglo, conllevó en algunos casos a la creación de nuevas hermandades o la transformación de corporaciones ya existentes que se reinventaron adoptando nuevas imágenes y advocaciones. Buena parte de éstas eclipsaron a las antiguas, como ocurrió con la Hermandad de la Puente, hoy para todos de la Paloma, o la Hermandad de los Dolores, actualmente conocida como la Expiración. Tampoco la de los Pasos en el Monte Calvario pudo sustraerse a esta corriente que hizo dogma de fe la consideración de que una cofradía no está completa, ni es atractiva, sino cuenta con dos imágenes y dos tronos. De esta mentalidad surgió María Santísima del Rocío, que este sábado será coronada canónicamente en la Catedral, peculiar protagonista de unas cuantas invenciones pioneras en el ámbito procesionista andaluz.

Para empezar, la peculiar advocación de Rocío fue toda una novedad rompedora, de tal modo que el nombre que aquellos antiguos cofrades victorianos escogieron en 1928 para su nueva titular, debió causar verdadera sensación para la época. Para hacernos una idea sobre esto, cabe recordar cómo en Málaga, hasta entrado el siglo XX, exceptuando puntuales ejemplos como la Esperanza o la Concepción, y esta última con el matiz añadido de ‘dolorosa’, resultaba inapropiado denominar a una imagen pasionista con un título de gloria. Y es que aunque este fenómeno se estaba ya produciendo en otras zonas de Andalucía, en esta ciudad se popularizó más tarde, con lo que hasta la segunda década de la centuria en cuestión, las vírgenes que procesionaban seguían llamándose abrumadoramente ‘Dolores’, ‘Soledad’ o similares, con la consiguiente repetición y confusión. Al igual que ocurriera en la Cofradía del Rico en 1922 con la Virgen de los Dolores rebautizada como del Amor, los cofrades del barrio de la Victoria apostaron, como queda dicho, por el nombre de ‘Rocío’ para su imagen mariana, lo que no deja de ser sorprendente si se tiene en cuenta que hasta principios de los años ochenta, toda la Andalucía Oriental quedaba excluida del radio de influencia de la devoción rociera que tiene su centro en el pueblo onubense de Almonte. Pese a ello, dentro de la moda en boga en torno al tipismo andaluz que con tanta fuerza arraigó por esos años, y que tuvo sus mejores aliados en el cine y la literatura costumbrista, los malagueños de la época debían estar bastante familiarizados con la noticias de la celebración de la romería del Rocío, como para reconocer este apelativo mariano, que, pese a no tener por aquí ningún arraigo, sí contaba al menos con cierto marchamo de casticismo folclórico. En la cinematografía española de los veinte, predominaban las películas con ambientación y argumento regionalistas, en ocasiones más cercanos a los estereotipos que a la realidad. Aún así los directores difundieron una identidad sobre Andalucía que acabó fundida con la identidad nacional, algo extensible a una parte de la producción literaria donde triunfaban las obras de los hermanos Álvarez Quintero, Cavestany, Villalón, Ochaíta y otros más, en las que los personajes rezumaban un ‘folclorismo’, que si bien había comenzado a fraguarse en el Romanticismo, alcanzaría sus mayores cotas en el siglo XX.

La primera imagen

Se reconozca o no estas influencias, lo indiscutible es que la Semana Santa de Málaga fue la primera en contar con una imagen advocada del Rocío, mientras que ciudades afines al fervor marismeño por tradición o simple cercanía geográfica, tardarían muchos años en contar con dolorosas de ese nombre. En concreto, Sevilla tuvo que esperar hasta 1955, cuando se creó la Hermandad del Beso de Judas, corporación nazarena que, como muy bien estudió el cofrade y antropólogo Isidoro Moreno Navarro, adoptó esta denominación para su cotitular con la idea de procesionar y competir en la ‘Madrugá’ con devociones de tanta raigambre popular como la Esperanza Macarena o la Esperanza de Triana. En Huelva, por otra parte, la provincia rociera por antonomasia, no se fundó la Cofradía del Calvario y María Santísima del Rocío y la Esperanza, hasta entrada la década de los setenta, exactamente cuarenta y un años después de que la Novia de Málaga ya fuera un referente de la Semana Santa malacitana.

A la aportación originalísima de su advocación se une a otra ocurrencia igual de avanzada que la precedente, y de la que sí existen testimonios escritos que reflejan la sorpresa con la que fue recibida. Se trata de la adopción del blanco para la indumentaria de la Virgen del Rocío. Al igual que otras tantas Dolorosas de aquellos años, Consolación y Lágrimas, Paloma, Esperanza… abandonaron sus envaradas prendas de luto para adoptar otras de tonalidades claras, hasta entonces impensables para ataviar a María en el trance de la Pasión. Es innegable que el cambio más llamativo de todos los que se dieron fue el aplicable a la Virgen victoriana que salió a la calle por primera vez con saya, manto y palio totalmente inmaculados, lo que motivó, que la gente le adjudicase el cariñoso y exitoso apodo por la que es conocida. Curiosamente, y está documentado en los escritos de Gómez Bajuelo, como pocos años después de que se divulgase este sobrenombre referido a la titular de la Cofradía de los Pasos, el pueblo creó el equivalente a su apelativo denominando al acorazado Jaime I, anclado en el puerto durante el periodo de la guerra civil como ‘el novio de Málaga’.

No sabemos quién o quiénes fueron los promotores de estas innovaciones reseñadas, aunque ciertos indicios hacen pensar que pudieron partir de la persona de Manuel Sánchez Pérez, a la sazón el primer hermano mayor de la hermandad tras su reorganización en 1924. Ese es al menos el parecer del actual consejero Antonio Pino del Olmo, quien es de la opinión que a este personaje se debe en gran medida la impronta y fama de María Santísima del Rocío.

Esta innovación con respecto al tono de las vestiduras es extensiva también a su disposición que tan del agrado popular ha sido y que se remonta a la primera de las tallas que esculpiera Pío Mollar, aunque a través del tiempo ha sufrido una evolución, mucho más evidente en los últimos años, donde se ha sacrificado la sencillez en detrimento de una exquisita presentación. Con todo, la estampa clásica en la Virgen la compone un velo que no impide la visión de los cabellos, túnica en vez de saya encorsetada, manto suelto, cíngulo en forma de cinto… y, por supuesto, la actitud de sus manos extendidas a los fieles a los que se dirige con una expresión amable y sonriente que nos remite a los postulados de las devociones más pujantes de la época en que la imagen fue labrada, como la Milagrosa, Lourdes o Fátima, iconografías edulcoradas muy relacionadas estéticamente entre sí, incluido el predominante color blanco de los ropajes, y que responde a las celebradas apariciones milagrosas de María en Francia y Portugal.

El color del palio

Aunque incluso actualmente, el blanco en los palios de las Dolorosas no es frecuente, prácticamente existen tronos o pasos entonados en color por toda Andalucía. Ahora bien, si exceptuamos a María Santísima del Rosario de la hermandad hispalense de Monte-Sión que ya en 1921 desechó y cambió el granate de su manto por el blanco, la imagen malagueña, con un intervalo de diez años, fue junto con la sevillana de las primeras en lucirlo como característico. Todos los demás ejemplos, salvo error u omisión, son muy posteriores. Así, la Virgen de la Salud de San Gonzalo, también perteneciente a una hermandad de la ciudad bética, no lo hizo hasta 1948, la de la Paz en Córdoba en 1941, y la Madre de Dios de la Misericordia, de la hermandad jerezana del Transporte, no lo llevó hasta los años cincuenta. Por esos mismos años adoptaron esta tonalidad en sus ternos las imágenes granadinas de la Aurora y la Victoria. Igualmente, la almeriense Virgen de la Merced, de la Cofradía del Prendimiento, estrenó un manto blanco en 1952, lo que motivó su apelativo de ‘la novia de Almería’, hoy en desuso porque hacia 1996 cambió la tonalidad de sus prendas por el rojo.

ALBERTO J. PALOMO CRUZ

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