Nuestro Padre Jesús de los Pasos: devoción, historia y singularidad de una advocación tricentenaria

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 Los cofrades malagueños no somos demasiado conscientes de la originalidad de las advocaciones que han ostentado y poseen muchas de las imágenes sacras de nuestras cofradías. Nombres tales como el Señor de la Puente, Jesús “El Rico”, el Nazareno de Viñeros, el Crucificado de los Ciegos, la Virgen de Lágrimas y Favores, o la Dolorosa de Zamarrilla, no tienen parangón en otras Semanas Santas, que aunque posean títulos privativos y únicos, no suelen ser tan numerosos ni tienen las connotaciones populares que concurren en los de aquí. Pero es que además se da la circunstancia que contamos con otras advocaciones tan originales como las enumeradas, aunque a primera vista no lo parezca. Este es el caso del Nazareno venerado por la actualmente más conocida como Cofradía del Rocío, por esa extraña deriva de la piedad moderna que algunas cofradías locales han consentido convirtiendo en secundarios a los Titulares primigenios y principales. Efectivamente el apelativo del Nazareno de los Pasos, lo sitúa en esta especial categoría de imágenes relevantes ya que el mismo, como ocurre con los antes expresados, tampoco es usual ni frecuente hallarlo en nuestro entorno geográfico y devocional más inmediato, aunque para comprender esto es necesario explicar primeramente el significado que encierra.

ORIGEN DE LA ADVOCACIÓN DEL SEÑOR DE LOS PASOS

2Por lo pronto, los documentos más antiguos que hacen referencia a la Cofradía, como pueden ser las relaciones sobre rentas y bienes eclesiásticos efectuados en el transcurso del siglo XVIII, siempre nos hablan de la “Hermandad de los Pasos de Jesús” . Diferencia sustancial con respecto de la actual denominación de “Nuestro Padre Jesús de los Pasos en el monte Calvario”, matiz éste reglamentado en el transcurso de la centuria decimonónica, seguramente en un intento de hacer comprensible la advocación a los fines procesionales de esa época, diferentes ya a los usos precedentes, como se verá a continuación. Con la nueva variante parece que se pretende aludir a la acción andante del Redentor en su recorrido al lugar de su suplicio. De entrada, quien lo interprete así se equivoca, porque resulta obvio que desde siempre la imagen venerada por esta corporación victoriana ha sido la de un Cristo genuflexo y desplomado por el peso de la cruz, lo que, por lógica, hubiese propiciado mejor un nombre como “el de las Caídas”, u otro similar. Pero la clave está en averiguar qué entendían aquellos remotos creadores de la Hermandad que nos ocupa, por esta acepción de “los pasos”.

Resulta evidente, y además así consta documentalmente, que en origen la Corporación nació para, entre otras metas, fomentar la devoción del Vía Crucis, dada la proximidad de su sede fundacional con la Vía Sacra de Málaga de la que cuidaban los frailes mínimos del convento de la Victoria. De ahí que “los pasos de Jesús” se refiera a los diversos sucesos o estaciones que abarcan desde la Oración en el Huerto a su muerte en la cima del Calvario, como por otro lado se expresa en cualquier diccionario de la lengua castellana. Con todo, no deja de resultar curioso que la advocación como tal no se prodigue por Andalucía, mientras que en Portugal y en su zona de influencia, sea el título pasionista más extendido y querido por la piedad de las gentes, de tal modo que debe ser rara la población del país vecino que no cuente con alguna hermandad o imagen de “Nosso Señor dos Passos”, que además abrumadoramente se centra en la representación del Nazareno caído. Así ocurre con las devotas efigies veneradas en la iglesia de la Encarnación de Lisboa, en la catedral de Viséu, en el célebre santuario del Bom Jesús de Matosinhos, en la parroquia del Carmen de Oporto, o más cercano en la ciudad extremeña de Olivenza, que fue lusitana hasta el año 1801 en el que por el llamado “tratado de Badajoz” pasó a España. Precisamente, de esta última población es patrón y especial protector . Igualmente este referente luso entronca con la secular ceremonia de celebrar “el paso” o “el encuentro” en tiempos de Semana Santa, algo que sigue vigente en toda la Península, aunque en Andalucía haya desparecido de muchas ciudades, como es el caso de Málaga donde lo protagonizaba la Archicofradía de la Esperanza. A la espera de que aparezca el documento que lo pueda corroborar, se puede admitir como posibilidad que también la Hermandad de San Lázaro, desarrollase algún tipo de ceremonia de índole parecida, toda vez que sabemos que procesionaba con cuatro andas: la del Titular, la Dolorosa, San Juan y la Magdalena . Precisamente “la procissâo do Encontro”, tiene una variante en Portugal que casa muy bien con la representación plástica del Señor caído por tierra, que es la escenificación de las caídas. También en el pasado en Jerez de la Frontera se ejecutaba este rito durante el cual un presbítero pronunciaba un fervorín:

“(…) donde iba describiendo todos los pasos del Vía Crucis, pero eran las tres caídas de Cristo las que merecían especial relieve. Al llegar el momento, el predicador gritaba: “¡Cayó el Señor!” y agitaba un pañuelo blanco. A esta señal los cuadrilleros inclinaban hasta el suelo la parte anterior de la urna, para representar en una escena, litúrgica y teatral a un tiempo, este lance de Jesús (…) pero, además en otro acto de aquella singular representación, los hermanos que portaban cruces las dejaban caer entonces con gran estruendo. Y todo se repetía tres veces. Luego el sacerdote seguía con su sermón mientras pasaban la Virgen con San Juan” .

Bien pudiera ser que al caer en desuso alguno de estos rituales, o suprimida la escenificación que ya de por sí aportaba el cortejo de varias andas, paulatinamente el título genérico de la Cofradía referido a la contemplación de los misterios del Vía Crucis, pasó a ser aplicado al Nazareno como su advocación distintiva, como a la postre permanece.

LA DEVOCIÓN A LAS CAÍDAS DE CRISTO

4No es la ocasión, por sabido, de repetir todo lo que la Historia aporta sobre los fundamentos de esta iconografía del Señor elaborada por la mística franciscana al calor de la Edad Media, aunque sí cabe recordar como ésta corrió paralela a la propagación del Vía Crucis de la que esta Orden fue principal valedora, máxime cuando se le asignó por el Papado la custodia de los Santos Lugares de Jerusalén. Las revelaciones sobrenaturales atribuidas a determinados religiosos y el éxito obtenido por la obra “Meditationes vitae Christi”, que se cree por lo común compuesta por San Buenaventura, forjó esta plástica y devoción al Caído. Aunque no tenga precedente en los Evangelios, resulta obvio que el Señor cargado con la cruz debió desplomarse más de una vez, habida cuenta de su estado físico tras haber sufrido toda clase de vejaciones y una cruel flagelación. Además, el pasaje de la ayuda forzada por la que se valieron de Simón Cirineo así parece indicarlo. Admitido pues como real este lance, faltaba por fijar el número de veces que pudo darse, ya que de forma arbitraria podían haber sido tanto cinco veces como nueve. Finalmente los tratadistas optaron por fijarlos en tres, ya que como nos explica un autor antiguo:

“Otrosí. Considera, como entre otras muchas veces que cayó el Señor por aquellas calles, como dijo Nuestra Señora al beato Alano, comúnmente se cuentan tres, por las tres caídas que da el hombre, a saber, por los pecados original, mortal y venial” .

De ahí viene el recurrente ejemplo que confesores y predicadores han establecido tradicionalmente entre estos desfallecimientos de Jesús con la cruz a cuestas y la actitud que se espera del cristiano que una vez sucumbido al pecado ha de sobreponerse y alzarse en busca de la regeneración. Así, con el florido y almibarado estilo de la piedad de nuestros mayores, es frecuente encontrar en devocionarios y misalitos antiguos reflexiones como la siguiente:

“Se considera ahora al Redentor que con el peso grave de la cruz cae por tierra. ¡Oh Jesús benignísimo, que por mi salvación quisiste ir cargado por la calle de la Amargura al Calvario con la cruz de mis pecados, cuyo enorme peso hizo caer en tierra a tan omnipotente Majestad! Dame, Señor, a conocer la gravedad de mis excesos que te oprimieron tanto, para que día y noche los llore y los abomine con un odio tan intenso, un dolor tan vehemente y un propósito tan firme, que jamás vuelva a caer en culpa alguna. Amén” .

Para satisfacer la curiosidad de los devotos, siempre insatisfecha a tenor de la escasa o nula información que aportan las Santas Escrituras para las que carecen de interés esos detalles, los autores sagrados fueron pergeñando nuevas elucubraciones, tales como determinar cómo, cuando y en dónde se produjeron las tres caídas:

“La primera caída, como dice Andriconio, fue a los ochenta pasos que anduvo, después de haber salido de la casa de Pilato; y la causa de esta caída, como la de las demás, fue la furia cruel con que la llevaban sus enemigos. Dice el incógnito, que lo arrebataron como furiosos leones, y con ansia tan rabiosa de quitarle la vida, que cada momento se les hacía un tiempo muy largo, y así le daban muchos palos y golpes. Y el que lo llevaba por la soga del cuello, tiró con fuerza, y arrojado de los que venían atrás, con un gran empellón cayó el Señor en tierra, y dio con sus santísimas rodillas en las piedras, y juntamente con los codos, que por no largar la cruz no se ayudó con las manos; y así se lastimó amargamente en los codos y rodillas” .

En cuanto a la segunda de las caídas, en sentir de quiénes se ocuparon de estos temas tan bizantinos, se produjo una vez que Cristo salió del dédalo de las tortuosas callejuelas de Jerusalén y atravesó la conocida como “puerta judiciaria” , una de las varias entradas existentes por la época en la ciudad de David. Finalmente, según revelaciones como la de Santa Brígida, la famosa santa sueca del siglo XIV, el Señor siguió caminando con las fuerzas flanqueantes hasta que tuvo lugar el dramático encuentro con la Virgen en la llamada vía de la Amargura, episodio éste por supuesto tampoco contenido en los evangelios canónicos. Fue supuestamente después de ese momento cuando:

“(…) a la vista lastimosa de su inocentísima Madre, que suspendió algún tanto los pasos, le dieron tan grande empellón los verdugos, que cayó en tierra como muerto. Y esta puedes entender, que fue la tercera caída, en donde reveló su Divina Majestad a mi padre Santo Domingo, que totalmente desfalleció, sin poderse mover debajo de la cruz” .

Por supuesto el arte cristiano ha diferenciado estos tres sucesos, aunque por estética ha representado mucho menos la última de la caídas, de la que en la provincia de Málaga tenemos una meritoria representación en el Titular de la Cofradía veleña de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder y María Santísima de la Amargura, obra contemporánea de Domingo Sánchez Mesa, quien debió inspirarse, o al menos contar con el asesoramiento de alguien que conocía bien estos o similares escritos piadosos.

EL CRISTO PRIMITIVO Y LA HERMANDAD DIECIOCHESCA

Por el contrario, a las tres imágenes del Nazareno de los Pasos que han existido a través de la historia de la Cofradía, hoy conocida como del Rocío, se le puede atribuir la representación de algunas de las dos caídas precedentes, si nos atenemos al contenido del texto precedente. La primera de ellas era, sin duda, la de mayor valor artístico, y eso a pesar de que sólo la podamos juzgar gracias a las pocas fotografías que se conservan. El hecho de que poseyera anatomía completa acrecentaba su mérito, donde se vislumbra la mano de un escultor destacado. Tradicionalmente se ha barajado la posibilidad de que fuera obra del maestro turolense José Micael y Alfaro (1595-1650), autor que también creó en Málaga el apostolado del coro catedralicio, la efigie patronal del Señor de la Salud y parte de la fuente de Génova, que actualmente podemos admirar en la plaza de la Constitución. Dicha atribución, que no tiene respaldo documental, no resta para que se admita que la labra de aquel Cristo debió enmarcarse en el siglo XVII, aunque algunos entendidos han asegurado que presentaba resabios manieristas . Siendo así, fue que sepamos, el Nazareno Caído procesional más antiguo de la Ciudad, toda vez que el pretérito de la Misericordia que era propiedad de los frailes carmelitas de San Andrés fue gubiado por manos desconocidas en pleno siglo XVIII.

Ese simulacro, que además llevaba incorporada una aparatosa peana simulando un risco, presidía el presbiterio de San Lázaro, que contaba con el único camarín capaz por sus dimensiones para albergarla. El retablo que le servía de embocadura, por lo que podemos discernir por el único documento gráfico conservado, era de estructura muy simple, compuesto por un espacioso arco de medio punto y unos laterales conformados por cuatro columnas toscanas, labor toda puede que de cantería o yesería. El interior del camarín ostentaba como principal adorno un óculo con la inscripción JHS, lo que nos indica, además de la escasa altura del recinto, que estaba destinado ex profeso para entronizar a la hechura del Señor de los Pasos. De los primeros años del siglo XIX es la noticia de cómo, coincidiendo con unas obras de rehabilitación del edificio, se aprovechó para restaurar el tabernáculo que formaba parte del conjunto y “(…) safarrar el camarín por dentro y fuera”, siendo administradores un tal hermano Palomo y otro apellidado Castillo . Desconocemos el funcionamiento y el empleo de las dependencias del complejo hospitalario por esos precisos años, ya que el lazareto había quedado inactivo en 1786,  aunque la noticia revela que al frente continuaban unos gestores con la suficiente autoridad para solicitar el remozamiento de la iglesia y la compostura del altar, sin implicar a los mayordomos de la Cofradía como hubiera sido lo más natural . Pero las diversas mudanzas que sufrió aquel antiguo hospital real , en realidad más que un establecimiento sanitario una casa de acogida para los enfermos de “mal de San Lázaro” , no influyó en el devenir de la Hermandad, una de las pocas corporaciones malagueñas antiguas que puede tener a gala seguir residiendo en su sede y barrio fundacionales. Aún a riesgo de desviar el tema central de este artículo, conviene reflejar aquí como, a tenor de la documentación consultada, se intuye que una vez que el edificio dejó de acoger leprosos, la Cofradía de los Pasos pudo ofrecer enterramiento en la cripta del templo, reservado hasta entonces para ellos , a los hermanos que lo solicitasen, algo que perduró hasta la creación de los primeros cementerios municipales a primeros del siglo XIX . Gracias a los Libros Sacramentales de Santiago donde se asentaban los enterramientos que allí se efectuaban, por ser entonces de esa jurisdicción parroquial la iglesia de San Lázaro, podemos elaborar la siguiente relación, que no pretende ser exhaustiva ni completa, de cofrades inhumados que abarca el siguiente período:

-9 de marzo de 1796. María de Porras. Vivía en la plazuela de la Merced. Solicitó la Hermandad .

-14 de septiembre de 1796. Diego Fernández, marido de Josefa García. Vivía en Barcenilla. Solicitó la Hermandad .

-6 de febrero de 1798. Tomás Urenda. Vivía en calle de la Victoria. Solicitó la Hermandad .

-8 de mayo de 1799. María González, mujer de Juan de la Rosa. Vivía en calle de la Victoria. Solicitó la Hermandad .

-12 de agosto de 1799. Francisco Gómez. Vivía en la callejuela Tapada. Solicitó la Hermandad .

-28 de mayo de 1801. Luisa Noy, viuda de Pedro Díaz. Vivía calle del Cristo. Solicitó la Hermandad .

-15 de julio de 1801. Juan Alonso de Flores. Vivía en calle de Dos Aceras. Solicitó la Hermandad .

-22 de noviembre de 1801. Francisca Martín. Vivía en calle de Bileyla. Solicitó la Hermandad .

-4 de marzo de 1802. Antonio Morea. Vivía en calle de la Victoria. Solicitó la Hermandad .

-10 de marzo de 1802. Manuel Collado. Vivía en calle de la Victoria. Solicitó la Hermandad .

-2 de febrero de 1803. María Teresa Moreno. Vivía en calle de la Victoria. Solicitó la Hermandad .

-23 de marzo de 1803. Antonio Martín. Vivía en calle de la Victoria. Solicitó la Hermandad .

-28 de junio de 1803. Juan Herrera. Vivía en la calle del Cobertizo. Solicitó la Hermandad .

-5 de octubre de 1803. Juan Antonio Tejón. Vivía en la calle de la Victoria. Solicitó la Hermandad .

-5 de octubre de 1803. José López, marido de Juana Martín. Vivía en la calle de la Cruz Verde. Solicitó la Hermandad .

-16 de octubre de 1803. Francisco López. Vivía en la calle Tapada. Solicitó la Hermandad .

De 1813, ya desterrada por entonces la insalubre costumbre de los enterramientos sistemáticos en las iglesias, salvo excepciones, se recoge la inhumación del primer hermano de la Cofradía de los Pasos sepultado en “el sitio señalado por el gobierno”, o sea el camposanto público. Se trataba de Tomás del Castillo, marido de María del Pilar Castillo, quien vivía en la calle de Calderería, también conocida como plazuela del Veedor .

LAS OTRAS DOS IMÁGENES DEL NAZARENO

Ya sabemos que aquella primera imagen del Señor de los Pasos, fue tristemente destruida en la vorágine de los años treinta, que también se llevó por delante el resto del patrimonio religioso y el mobiliario del histórico templo, además de perpetrar la profanación de la cripta y la dispersión de los restos humanos que contenía. Recién acabada la Guerra Civil los cofrades encargaron una copia del Titular desaparecido a Pío Mollar Franch, para lo cual le facilitaron las fotos que de ella poseían. Al igual que ocurriera con las Hermandades de “El Rico” o la Misericordia, lo que pretendían  loablemente con ello era perpetuar la impronta y las características propias de los tradicionales nazarenos malagueños, algo que se consiguió aunque los resultados, tanto de la labor del artífice valenciano como de la intervención posterior de Francisco Palma Burgos, no resultase de una apreciable calidad artística. Además, este segundo Cristo de la ya transformada y conocida como Hermandad del Rocío, difería del original, entre otros detalles, en un endurecimiento de su rostro que el antiguo no tenía. Reservado para entonces el altar mayor para la recién llegada efigie de la Virgen, pasó este segundo Nazareno a ser venerado en un altar lateral, cumpliendo discreta, pero dignamente, su papel de Cotitular. En la actualidad, en una decisión muy acertada de la Junta de Gobierno de la Cofradía, se encuentra velando el descanso de los hermanos fallecidos cuyas cenizas están depositadas en el columbario de la casa hermandad.

La irrupción de los nuevos aires que la Semana Santa malagueña experimentó a partir de la segunda década de los setenta del pasado siglo, llevo pareja un deseo de renovación que alcanzaría todos los órdenes procesionistas y que, como todo en la vida, tuvo luces y sombras, aciertos y errores. En cuanto al terreno artístico se refiere, el afán por mejorar todo lo que entonces se consideraba de nula calidad o de poca estética provocó que se cambiaran insignias, túnicas, tronos, y lo más relevante, imágenes. No se dio el caso de ninguna Corporación que abierta y llanamente declarase los verdaderos motivos por los que obraban así, salvaguardándose siempre sus directivos en el aparente “mal estado que presentaba la efigie”. A poco que se piense se advertirá que una escultura, pese a estar muy estropeada, es susceptible de restaurar, o en el peor de los casos, de ser sustituida por una copia exacta o aproximada. Pero, en realidad, en aquellos años lo que se trataba era de amoldarse a los cánones imperantes que provenían de Sevilla, lo que conllevaban no solamente unos modelos plásticos diferentes, sino el rechazo a la indumentaria y atributos propios de la imaginería local tradicional, en este caso de los Cristos, como las túnicas de cola, las cabelleras, las coronas y cruces labradas, etc. En este contexto se materializó el encargo del tercer Nazareno de los Pasos, bendecido en la basílica de la Victoria en 1978 y que procesionó en su primer Martes Santo sobre un trono de flores naturales y con los arbotantes del trono del Prendimiento. Así se perdió todo el regusto de siglos anteriores, tributo ineludible a pagar por la irrupción de nuevas mentalidades y formas de entender el fenómeno cofrade.

Cabe decir por ultimo que, relacionadas con el ámbito cofrade, encontramos dos imágenes más de esta iconografía del Señor Caído en Málaga. Una de ellas la devota talla, de escaso mérito pero sí de gran sabor, que tienen materialmente arrinconada las religiosas cistercienses del monasterio del Atabal, anónima y también adscrita a la época dieciochesca; y la recentísima, de muy hermosas líneas, que se venera en la iglesia del Corpus de Pedregalejo, realizada por el artista Juan Manuel García Palomo, recreando los modelos barrocos granadinos.

Archivo del Cabildo Catedral de Málaga (en adelante ACCM). Leg. 215, pza. 6.

Todas las esculturas enumeradas salvo la del santuario de Matosinhos, que no es procesional, son de vestir, presentando cabellera natural, túnica bordada y cruz labrada, como ocurría con el antiguo Nazareno de los Pasos, una de las imágenes más meritorias de la Semana Santa malagueña de antaño, a tenor de los testimonios fotográficos conservados.

Cabe advertir que la advocación del Nazareno de la Esperanza está construida en singular, ya que su misión procesional era desarrollar la escena apócrifa del encuentro entre Cristo y su Madre en la calle de la Amargura, centrando en este pasaje toda la atención. Por el contrario el Señor victoriano lo posee en plural porque el ideario de su Cofradía se dirigía al ejercicio del Vía Crucis, donde se contemplan todos los  sucedidos de la Pasión.

LLORDÉN, A. y SOUVIRÓN, S., Historia documental de las cofradías y hermandades de Pasión de la ciudad de Málaga, Excmo. Ayuntamiento de Málaga, Málaga 1969, p. 408.

VEGA GEÁN, E. y GARCÍA ROMERO, F.A., “La Semana Santa del Barroco”, en REPETTO BETÉS, J. L. (Coord), La Semana Santa de Jerez y sus cofradías, vol. I, Jerez de la Frontera, 1995, p. 112.

Con motivo del Año Jubilar de 2000, aunque por mor de la climatología hubo de posponerse a la Cuaresma siguiente, el Señor de los Pasos fue procesionado hasta la ermita del Calvario presidiendo el rezo del Vía Crucis. Con ello se quiso rememorar el carisma primitivo, y la supuesta escisión de la Hermandad del Monte Calvario que generó la creación de la actual Corporación de San Lázaro. De ahí proviene el título compuesto hoy aplicado a la imagen del Nazareno.

SANTA MARÍA, P., Arco Iris de paz, Barcelona, 1821, p. 330.

Corona dolorosa y septenario de María Santísima, según se hace en la iglesia de San Felipe de esta ciudad, Málaga, 1856, pp. 43 y 44.

SANTA MARÍA, P., Ídem.

PALMA, L., Historia de la Sagrada Pasión, Madrid, 1901, p. 231.

SANTA MARÍA, P., Op. cit., p. 332.

CLAVIJO GARCÍA, A., La Semana Santa malagueña desaparecida, Málaga, 1987, vol. I, Arguval, p. 205.

ACCM. Leg. 662, pza. 2. Debemos entender que lo que se hizo en aquel entonces fue componer el camarín, ya que probablemente quien escribió esta nota empleó el verbo, ahora en desuso, “zafar”, que quiere decir “adornar”, “guarnecer”, “hermosear”, e incluso “cubrir”.

LÓPEZ SOLER, M., Iglesias de Málaga, Málaga, Fundación Unicaja, 2005, p. 250.

Esto quizás implique que la Cofradía no era dueña del altar y puede que ni incluso de la imagen.  Así ocurría, por poner un ejemplo parecido, con la venerada imagen del “Chiquito” de la iglesia del Carmen y de su capilla, propiedad ambas de los frailes descalzos quienes las costearon antes de la formación de la Corporación, aunque cedidas a la misma para su culto.

El hospital malagueño se instituyó a semejanza del sevillano enclavado en el suburbio de la Macarena que, fundado por Alfonso X y operativo hasta el siglo XIX, fue uno de los más importantes de España.

Así llamados por creerse erróneamente que el protagonista de la parábola evangélica del rico Epulón y el hermano de Marta y María, a quien Cristo resucitó, se trataba de la misma persona.

Sólo en un caso hemos encontrado a un enfermo sepultado en la cripta de San Lázaro quien declara expresamente pertenecer a una cofradía: “(…) en 16 de noviembre de 1785 se enterró en la iglesia de San Lázaro a Juan de Herrera (…) hermano de la Hermandad de la Vera Cruz, sita en San Francisco. Vivía en el mismo hospital pues era lazarino. Solicitó la Hermandad y en su nombre Antonio Martínez y José, su hijo, albaceas de la Hermandad”. AHDM. Leg. 624, libro 11, fol. 124 v.

En realidad ya desde 1773, reinando Carlos III, comenzaron las disposiciones para clausurar paulatinamente los enterramientos en las iglesias y trasladarlos a camposantos, aunque en Málaga perdurarían, con excepciones, hasta la primera década del siglo XIX.

Archivo Histórico Diocesano de Málaga (en adelante AHDM). Leg. 624, libro 12, fol. 139 v.

AHDM. Leg. 624, libro 12, fol. 152.

AHDM. Leg. 624, libro 12, fol .182 v.

AHDM. Leg. 624, libro 12, fol. 215.

AHDM. Leg. 624, libro 12, fol. 219 v.

AHDM. Leg. 625, libro 13, fol. 26.

AHDM. Leg. 625, libro 13, fol. 29 v.

AHDM. Leg. 625, libro 13, fol. 39

AHDM. Leg. 625, libro 13, fol. 47.

AHDM. Leg. 625, libro 13, fol. 47 v.

AHDM. Leg. 625, libro 13, fol. 72 v.

AHDM. Leg. 625, libro 13, fol. 78 v.

AHDM. Leg. 625, libro 13, fol. 86 v.

AHDM. Leg. 625, libro 13, fol. 95.

AHDM. Leg. 625, libro 13, fol. 95.

AHDM. Leg. 625, libro 13, fol. 98.

AHDM. Leg. 625, libro 15, fol. 285 v.

Nuestro Padre Jesús de los Pasos: devoción, historia y singularidad de una advocación tricentenaria.

Alberto Jesús Palomo Cruz

Archivero de la Santa Iglesia Catedral de Málaga

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