La originalidad manifiesta de la Virgen del Rocío

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La revitalización de la Semana Santa de nuestra ciudad, prácticamente una reinvención con pocos nexos comunes con lo que hasta entonces habían sido las procesiones penitenciales de centurias anteriores, impulsó a varias corporaciones a reinventarse adoptando nuevas advocaciones e imágenes que eclipsaron a las antiguas, tales como ocurrió en la Hermandad de Nuestro Padre Jesús de la Puente del Cedrón, hoy para todos de la Paloma, o en la perchelera de Nuestra Señora de los Dolores, actualmente conocida como de la Expiración. Tampoco la de los Pasos en el Monte Calvario se retrajo a esta mentalidad generada en torno a esa época y que aún sigue vigente en la actualidad, y que tiende a considerar cómo una cofradía no está completa, ni es atractiva, sino cuenta con dos imágenes y dos tronos. De esta inquietud surgió María Santísima del Rocío, peculiar protagonista de unas cuantas invenciones verdaderamente rompedoras en el panorama procesionista de fines de la década de los años veinte del pasado siglo, como a continuación vamos a reseñar.

LA ADVOCACIÓN

Obviando el carácter bíblico, teológico o etimológico de la misma, que ya ha sido tratada en diferentes obras, el nombre que aquellos cofrades victorianos escogieron para su nueva Titular, tuvo que causar verdadera sensación en su tiempo. Para hacernos una idea de ello, conviene que recordemos como en Málaga hasta entrado el siglo XX, exceptuando los contados ejemplos de la Esperanza, Esclavitud o Concepción, en estos dos últimos casos con el epíteto añadido de dolorosa, resultaba chocante advocar a una imagen mariana de Pasión con un título letífico o de gloria. Sin embargo, esto que fue algo común en todas partes, fue remitiendo en algunos sitios antes que en otros. Así en Sevilla, como acertadamente documentó el profesor Palomero Páramo, a mediados de la centuria decimonónica comenzaron a desaparecer los nombres doloristas aplicados a las titulares de las hermandades. Por el contrario, en nuestra ciudad este fenómeno tardó más en darse, con lo que hasta la segunda década de la centuria en cuestión, las vírgenes que procesionaban seguían llamándose abrumadora y repetitivamente de los Dolores, Soledad, o Angustias. Este orden de cosas cambiaría con el nuevo auge experimentado por la Semana Santa malagueña que propició la antedicha revitalización de las antiguas corporaciones, o la creación de otras de nuevo cuño, marcadas por los deseos de innovación y por la búsqueda de la originalidad en sus modos y estética. Al igual que ocurriera en la cofradía del Rico en 1922 con María Santísima de los Dolores a la que rebautizaron como del Amor, la circunstancia de que aquellos cofrades del barrio de la Victoria apostasen por el nombre de Rocío para su nueva titular debió parecer llamativo e inapropiado para muchos, y más teniendo en cuenta que hasta principios de la década de los ochenta, Málaga, y por ende, toda la Andalucía Oriental estaban excluidas del ámbito de influencia de la corriente devocional rociera que tiene su centro en el pueblo onubense de Almonte. Pese a ello, dentro de la atmósfera o revival del tipismo andaluz de entonces, y que tuvo su mejor propaganda en el cine, el teatro y la literatura, el público malagueño de la época debía estar lo bastante familiarizado con la noticia de la celebración de la romería del Rocío, como para reconocer este apelativo mariano, si no con arraigo en nuestro suelo, al menos con cierto marchamo de casticismo folclórico.

Conviene recordar algunos títulos de las películas mudas de aquella década como Diego Corrientes, La extraña aventura de Luis Candelas, Pepe Hillo o las composiciones poéticas de autores como los hermanos Quintero, Cavestany, Villalón, Ochaíta y muchos más, en las que los personajes y la ambientación rezumaban un costumbrismo, que si bien había comenzado a fraguarse con el Romanticismo, alcanzaría sus mayores cotas de popularidad y tópicos a partir del siglo XX. Se reconozca o no estas influencias más o menos directas, lo incontestable de t o d o esto que presentamos es que la Semana Santa de Málaga fue la primera en contar con una imagen de la Virgen de esta advocación, mientras que ciudades, secularmente afines a la devoción marismeña por tradición o cercanía geográfica, tardarían muchos años en contar con dolorosas de ese nombre. En concreto, Sevilla tuvo que esperar hasta 1955, cuando se creó la Fervorosa Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús de la Redención en el beso de Judas, María Santísima del Rocío, San Fernando Rey y San Lucas Evangelista, corporación nazarena, que como muy bien ha estudiado el cofrade y antropólogo Isidoro Moreno Navarro, adoptó este apelativo para su Titular con la idea de competir en la Madrugá con advocaciones de tanta raigambre en la ciudad hispalense como la Esperanza en sus versiones de la Macarena o de Triana. En Huelva por su parte, la provincia rociera por antonomasia, no se fundó la Postconciliar Hermandad y Seráfica Cofradía de San Francisco de Asís, Nuestro Padre Jesús del Calvario y María Santísima del Rocío y la Esperanza, hasta entrada la década de los setenta, exactamente cuarenta y un años después de que la Novia de Málaga ya fuera una estampa habitual en las calles y en el sentir devocional de los malagueños.

EL COLOR BLANCO

A esto se unió otra ocurrencia igual de avanzada que la precedente, y de la sí contamos con testimonios escritos que reflejan la sorpresa con la que fue recibida. Nos referimos a la adopción del color blanco como indumentaria para la Virgen de la parroquia de San Lázaro, que al igual que otras tantas efigies por aquellos años, Consolación y Lágrimas, Paloma, Esperanza…, abandonaron sus prendas de luto para adoptar otras de colores claros, hasta entonces impensables para la Semana Santa. Es innegable que, el cambio más llamativo de todos los que se dieron fue el aplicado a María Santísima del Rocío, que salió a la calle por vez primera con saya, manto y palio totalmente blancos, lo que motivó, como es bien sabido que los ocurrentes hijos de esta tierra, le adjudicasen el cariñoso y famoso apodo por la que es popularmente conocida. Curiosamente, aunque está demasiado divulgado, está documentado en los escritos de Gil Gómez Bajuelo como, pocos años después de que se hiciera popular este sobrenombre referido a la Virgen, el pueblo creó su equivalente al denominar al acorazado Jaime I, anclado en el puerto durante el período de la guerra civil, como ‘el novio de Málaga’. Volviendo al tema que nos ocupa, diremos que no sabemos quién o quiénes fueron las cabezas pensantes de estas invenciones reseñadas, aunque ciertos indicios señalan a la persona de Manuel Sánchez Pérez, que como es sabido fue el primer hermano mayor a partir de la reorganización de 1924. Ese es al menos, el parecer de quienes han intentado desvelar los entresijos históricos de la Cofradía, como el consejero de la misma Antonio Pino del Olmo, quien juzga que a este personaje se debe en buena medida el foco devocional a la Virgen del Rocío. Estas innovaciones con respecto al color también se plasmaron en las características que fueron adoptando progresivamente las vestiduras colocadas a la Virgen y que ya comenzaron a mostrarse en la primera de las tallas que esculpió Mollar: La cabeza cubierta por un velo que permite adivinar los cabellos, túnica en vez de saya encorsetada, manto suelto, cíngulo en forma de cinto… lo que unido a la actitud de sus manos extendidas y su semblante sereno y sonriente, nos remite a los postulados de las devociones más pujantes de la época en que se realizó, como la Milagrosa, Lourdes o Fátima, iconografías edulcoradas muy relacionadas estéticamente entre sí, incluido el predominante color blanco de los ropajes, y que responden a celebradas apariciones milagrosas de María, en Francia y Portugal.

Aunque, incluso actualmente, el blanco en los palios de las Dolorosas no es muy frecuente, prácticamente existen tronos o pasos entonados en este color en las principales localidades andaluzas. Ahora bien, si exceptuamos a María Santísima del Rosario de la hermandad hispalense de Montesión que ya en 1921 desechó y cambió el granate de su manto por el blanco, la imagen malagueña con un intervalo de diez años, fue junto con la sevillana de las primeras en lucirlo como característico. Todos los demás ejemplos, salvo error u omisión, son muy posteriores. Así la Virgen de la Salud de San Gonzalo, también perteneciente a una hermandad de la ciudad bética, no lo lució hasta 1948, la de la Paz en Córdoba en 1941, y la Madre de Dios de la Misericordia, procesionada por la cofradía jerezana del Transporte, no lo llevó hasta los años cincuenta. Por esa misma época adoptaron esta tonalidad en sus prendas, las imágenes granadinas de la Aurora, con manto bordado por las Adoratrices de Málaga, y la Victoria, Sagrada Titular de la cofradía de la Cena. Mención aparte merece Nuestra Señora de la Merced, de la corporación almeriense del Prendimiento de Almería, a la que se confeccionó hacia 1952, por el llamado Sindicato de la Aguja que dirigía la bordadora local Carmen Góngora, un manto blanco en correspondencia con su advocación.

Esta prenda motivó que, por afinidad con Málaga, a esta imagen se le comenzara a conocer como la novia de Almería, apodo que quedó en desuso cuando a causa del incendio del Jueves Santo de 1996 se rehizo el patrimonio de esta Hermandad, prefiriéndose el color rojo para las tonalidades del nuevo paso de palio. Generalmente asociado a la luz, la verdad, la paz, y la inocencia, por aquello de que del blanco emanan todos los colores primigenios, los tratadistas cristianos lo han relacionado además como distintivo de las almas de los elegidos, como lo expresa el Apocalipsis: El que venciere, ése será vestido de vestiduras blancas; y no borraré yo su nombre del Libro de la Vida. De un blanco resplandeciente se volvieron los ropajes de los dos profetas y de Cristo en su Transfiguración, blanca fue la sábana que envolvió su cuerpo en el sepulcro y blanca, o alba, la indumentaria sagrada de los sacerdotes de la Antigua y de la Nueva Ley, por poner sólo unos ejemplos tomados a voleo de las Sagradas Escrituras y la liturgia cristiana.

EL HALO DE ESTRELLAS

Por si todo esto fuera poco, también la hermandad del Rocío, y más en concreto su Titular mariana, fue rompedora en otras aspectos. Uno de ellos es el rasgo iconográfico que mejor la identifica, y que es el halo o aro de estrella que nimba su cabeza. Teniendo en cuenta que las dos imágenes antecedentes a la actual lucieron corona con canasto y resplandor, y aún pañuelo en las manos la primera de las tallas que labrara Pío Mollar, ya con rasgos de aurora, como se decía en las crónicas de aquel tiempo, convendría admitir que no estaba entre las pretensiones iniciales de aquellos cofrades victorianos que su Virgen se distinguiese por llevar un simple aro. Por los testimonios gráficos sabemos que desde el día de su bendición, celebrada el Domingo de Ramos de 1938, la actual efigie ya lo ostentaba, lo que nos lleva a considerar que tal vez no fuera un criterio estético sino la carencia económica, tan lógica por la situación que atravesaba el país, lo que obligó a la Hermandad a adquirir o conseguir este atributo, que por cierto estaba adornado tan sólo por cinco estrellas, en vez de las doce que marca la tradición y la simbología marianas.

Esto aumenta la sospecha en cuanto a lo que comenzó como algo provisional o transitorio, a la larga, al coincidir el gusto de las gentes y de los cofrades, se quedó como un rasgo distintivo y permanente. Parecidos ejemplos de esto mismo existen en nuestra Semana Santa tales como, la improvisada túnica del Cautivo, o el manto de flores de las Penas. Otras hermandades malagueñas que también recurrieron en el pasado a los halos para coronar a sus imágenes dolorosas fueron la Sentencia o el Rescate, aunque en cuanto tuvieron posibilidades, lo sustituyeron por una corona en el caso de la primera y un resplandor en la segunda. Sólo la Virgen de los Servitas luce uno con anterioridad a que lo adoptara la del Rocío. Nos referimos al que lleva en sus salidas procesionales desde 1918, cuando se ideó una decoración eléctrica que a modo de estrellas luminosas alumbrase su rostro. Fue ese un uso muy en boga a partir de aquella década, cuando el boom de la electricidad llenó los retablos y los tronos de focos y de aquellas ristras de bombillas tan antiestéticas, que curiosamente todavía siguen siendo muy utilizadas en las iglesias sudamericanas y bastantes en Italia.

LA VIRGEN DE LA VICTORIA

Como colofón a este trabajo no podemos dejar de reseñar como la Hermandad del Rocío también fue la innovadora entre las malagueñas en incorporar en el trono de su Virgen una representación de Santa María de la Victoria. La copia de la misma se encontraba cobijada dentro de una venera situada en el frontal del cajillo del primer palio con el que contó la Cofradía, diseñado por José Rueda Aguilar, construido en talleres valencianos, y estrenado en 1931. Aunque la falta de nitidez de las fotografías existentes nos impide asegurarlo con rotundidad, creemos que esa imagen de la Patrona se mostraba con el Niño colocado a sus plantas y con manto, tal y como se la acostumbraba a revestir todavía por aquellas fechas. Y es que no sería hasta varios años más tarde, con ocasión de una de sus prolongadas estancias en la catedral a causa de la inseguridad de los años de la República, cuando el erudito Juan Temboury tuvo la iniciativa de despojar a la Señora de los aditamentos postizos que enmascaraban la realidad de su talla.

Quizás los cofrades del Rocío emplearan a este destino una de las ingenuas terracotas, o figuritas domésticas de la Virgen, que desde el siglo XIX pululaban por Málaga y de las que todavía se conservan algunos ejemplares, como los existentes en el Asilo de los Ángeles o en el Museo de Artes Populares. Éstas siempre venían acompañadas del peculiar templete que secularmente acoge a la Patrona, tanto en su camarín como en sus salidas procesionales, cuya estructura sí se observa perfectamente en las fotografías de aquel primitivo trono de la Novia de Málaga. Desde esta feliz iniciativa de la Cofradía del Rocío, Santa María de la Victoria, se ha convertido en un motivo recurrente, y por lo demás justificadísimo, para los programas iconográficos desarrollados en muchos de las andas malagueñas, aunque no volvió a ser representada en ninguno de ellas bajo su templete hasta que la Hermandad del Rescate lo reprodujo en el frente del actual trono de su Cristo. En cuanto a toda la amplia gama de pequeñas patronas que podemos contemplar al paso de nuestras hermandades en Semana Santa destacaríamos tres que juzgamos excepcionales por su perfección y valía artística. Nos referimos a las que poseen la Expiración y la Cena, y por supuesto la que campea en el frente del cajillo de las andas procesionales de María Santísima del Rocío. El gran público desconoce que esta última, tallada, policromada y estofada, corresponde a las gubias del maestro natural de Carmona, Francisco Buiza, dato que también suele pasar desapercibido en las monografías y catálogos de su obra.

Alberto Palomo Cruz
Revista Rocío 2009

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