XXXIV Exaltación ‘Un Clavel para El Rocío’

Pregonero D. Carlos Ismael Álvarez García

Me viene siempre al pecho un sentimiento de gratitud siempre que entro en esta casa, donde tuve el privilegio de trabajar codo a codo con muchos de vosotros durante cincuenta y cinco días inolvidables: Desde el fin de año hasta el Miércoles de Ceniza gozamos y también sufrimos juntos las alegrías y los sinsabores que toda actividad cofrade parece llevar siempre indisolublemente aparejados. Puedo aseguraros hoy con toda sinceridad, ya al cabo de un año, que de los últimos no me acuerdo, pero que las satisfacciones, el afecto que en ella encontré y las amistades aquí trabadas con cofrades ejemplares, son recuerdos que siempre irán conmigo.

Dar, antes que nada, las gracias a Juan Rosén por su elogio. Valoro sus palabras por venir de quien vienen, de alguien como él que no ha necesitado que le cuenten todas estas cosas de las que tan bien habló el año pasado y de las que yo voy a intentar hablar esta noche porque las lleva en la masa de la sangre, de alguien con el crédito propio de quien se ha hecho a sí mismo y va por delante, de quien ha creado de la nada una profesión y se ha ganado día a día el prestigio con una mezcla sabia y admirable de constancia y arte.

Vengo, soy consciente, a ocupar una tribuna prestigiada ya en muchos años por los significados cofrades y personalidades relevantes que han alzado aquí su voz, a lo largo de las más de tres décadas que hace desde que el gran Manolo Sánchez Ballester, cofrade que merece ese nombre, fundara esta arraigada y devota costumbre de ofrendar claveles al Señor de los Pasos en el Monte Calvario y María Santísima del Rocío con motivo de su salida procesional.

Eran aquellos ciertamente, otros tiempos, distintos a los que vivimos ahora, donde quizás ser cofrade no era nada fácil, ni acudían tantos hermanos a la anual llamada a filas de cada primavera, ni había lista de espera para los varales, ni el cortejo nazarenos era el río de luces y devoción que ahora cada Martes Santo vemos antes los Titulares. No existían siquiera, no ya las casas hermandad que luego algunas cofradías (ésta entre ellas) han tenido a pares, sino el espació mínimo necesario, y en cualquier cuartucho, cofrades abnegados y valientes ponían en pie cada año con graves carencias y muy pocos medios, pero mucho amor y mucho entusiasmo, el esplendor de la Semana Santa en las calles de Málaga.

Había que pedir, eso tan elemental y que está tan en la esencia del quehacer cofrade, y se pedían flores. Claveles rojos que tiñeran de sangre ese monte donde a Jesús de los Pasos (como a su último Vicario en la Tierra) le faltan ya las fuerzas y acaba cayendo por tercera vez. Claveles blancos, reventones de amor y primavera, para el trono en el que la Virgen novia del Rocío acude cada año a sus nupcias con la ciudad.

Hoy, que esto no pasa de ser un pretexto para congregarnos en el nombre bendito de nuestros Titulares, y una tradición propia para llamar a honrarlos, quiero evocar con agradecimiento la memoria de tantos y tantos cofrades, vosotros sin duda recordáis a muchos, y en vuestro interior mejor que nadie podéis ponerles ahora el nombre y los dos apellidos, a aquellos de los vuestros que en los años difíciles de los interrogantes y del futuro incierto, mantuvieron en pie la Hermandad y nos legaron la anual maravilla de cada Martes Santo.

Fundada sobre la roca fuerte, en que tantas generaciones de hermanos cimentaron el fervor religioso de miles de victorianos y malagueños a la Virgen blanca, asentada sobre la varias veces centenaria tradición devocional al Nazareno de los Pasos en el Monte Calvario y los hechos concretos de un quehacer cristiano y comprometido, día a día realizado por Ellos y en su nombre, la Hermandad se prepara ahora, tras años de empeño decidido y de porfía amorosa, a coronar un hito espléndido con que soñaron tantos cofrades en su historia.

Pero antes, mucho antes, apenas dentro de unos días, será otra vez Semana Santa, y volveremos a vivir juntos con pasión las emociones, siempre iguales y siempre distintas, de esos días queridos, y tendremos la responsabilidad de volver al ámbito natural del cofrade (que es la calle, no la capilla) para anunciar la Resurrección de Cristo y mostrar en esos días conmemorativos de su Pasión que María Santísima es signo de esperanza cierta y consuelo para el pueblo de Dios en Marcha.

Rocío del Altozano, por donde pasas espléndida como la tarde abrileña, recién estrenada, con todo el Martes Santo por delante, segura de ti, resuelta y plenamente consciente, como esas muchachas guapas que además lo saben y, aun así, se reafirman oyendo sus propios tacones, marcando su paso, tu al son de tu banda, dándote todo el sol y toda la luz, que no filtra tu palio, porque está para eso, para ser transparente, con la tranquilidad de quien no tiene nada que ocultar ni necesita el concurso de las sombras nocturnas para ocultar carencias o disimular defectos imposibles en ti. Porque tu eres la perfección suma y ahora, subiendo la cuesta más pura que el sol, más hermosa que las perlas que ocultan los mares, cuando está en el aire los acordes magníficos de Novia de Málaga y tus hombres de trono, rectos como lápices, te llevan despacio, recreándose en la suerte de ser elegidos, sabedores y conscientes del privilegio de sentir hoy tu peso, dispuesto a darlo todo por ti bajo tus varales, se ven colmados anhelos para los que se ha trabajado, y mucho, a lo largo de todo un año.

Rocío de la Cruz Verde, -resol y cal-, cauce antiguo por donde baja caudaloso el río blanco de tu procesión, el rumor del torrente de tus nazarenos, el albo cortejo de tus incondicionales que te preceden cada uno degustando el momento, porque por fin ha llegado el día y al fin se han puesto en marcha para proclamar que son tus cofrades, para confesar la fe de sus mayores, para probar el goce íntimo de intentar quedarse un momento a solas contigo en medio del gentío. Y desde las riberas de ese río que son las aceras, donde se apiñan los que te esperan cada año en el mismo sitio, los que sostienen sus hijos en brazos para enseñarles lo guapa que eres, para transmitirle la devoción que ellos de sus mayores heredaron, suben oraciones y miradas que son mucho más que oraciones. Y se arraciman familias enteras tras los antepechos de los balcones, arreglados con la gracia de los antiguos mantones que se lucen al sol del Altozano, donde en los cuchitriles de otros tiempos por luz y por lumbre solo había un candil, a decir de Pepe Carlos de Luna, pregonero sin par, cofrade de veras, esperancista a ultranza, aquel que dijo que la reina de los Percheles pone bocabajo el barrio.

Y también que allá va la procesión por calle Carretería ciñéndose su emoción a un compás de bulerías, como va la tuya ahora, Virgen del Rocío en esta estampa aún reciente, luminosa y feliz del clamoroso éxito de salir de día.

Emoción y pasión, vivir lo que presenciamos, porque todos los de dentro y los de fuera, constituyen en definitiva dos maneras de participar en un mismo acto, la procesión, porque los cofrades buscamos, -necesitamos-, la complicidad de los que están en las aceras y los balcones al sacar a la calle una puesta en escena que aspira antes que nada a conmover. Por eso fracasamos ante la indiferencia, por eso no nos basta que guste, por eso es incluso insuficiente la aprobación por el orden, la compostura o los arreglos impecables del trono. Es necesario, además, que emocione, que aflore el repelús en la piel o la compunción en el alma, que el mensaje que toda procesión supone y emite, sea interiorizado por quienes la contemplan, una masa entregada y receptiva, porque las calles se han llenado siempre en la Semana Santa por la gente de aquí y los reclamos turísticos, por muy legítimos e interesantes que sean, no aportan un número significativo de los asistentes que somos nosotros, los que fuimos enseñados en nuestras familias respectivas, los que mamamos el amor a una hermandad, la pasión por nuestra túnica y el fervor por nuestros Titulares.

Esos, y no otros, son los que, entregados, te esperan para vivir otra vez lo que tantas veces han vivido con la misma ilusión que la primera ocasión que cogieron sitio con tiempo en esta escalinata Y aquí la apoteosis, una suerte de rompimiento de gloria viviente, el barroco en carne mortal en medio de la calle y en medio de la tarde, la catarsis común porque el pueblo pide lo que en definitiva es suyo, y se desborda el sentimiento y la pasión, viviendo con arrobo y entrega este momento largamente esperado durante todo un año. Aquí el rito de volverte de frente, y el clamor cuando sales al encuentro, a subir, a confundirte con los tuyos que te reclaman extasiados, un trasunto de la escala de Jacob, y luego la letanía presenciada: el Madre Asunta al Cielo por doscientos brazos mientras que, sacro, a contraluz, velando la escena como una ensoñación, flota el perfume denso del incienso.

Es ofrenda, Señor, de cada uno. Porque aquí, en larga procesión por La Alameda, o calle Larios arriba cayendo ya la tarde, reunidos por ti, va contigo todo el amplísimo espectro de los tuyos de toda la vida, desde hombre hecho y derecho con muchos tiros pegados en su biografía al que empieza ya a venirle largo el escapulario y la capa de damasco, hasta el angelito del roquete y la naveta o el muchacho que por fin culmina este año su sueño de meter el hombro, pasando por la veinteañera que es guapa hasta con el capirote puesto. Pero también, Señor de los Pasos, detenido en el tiempo, porque ahora suena un solo de trompeta y la tarde se para, va también la circunstancia concreta de cada uno de los congregados en tu nombre. Y es que bajo la túnica de cada cual va una historia presente: la desgracia de la enfermedad, el desconsuelo inmenso del desamor, la satisfacción de un logro anhelado puesto delante de ti como ofrenda, el yugo de una deuda impagable o la angustia del paro. Una historia próxima o cercana que preocupa y concierne, ya sea una alegría, un dolor, o, nada más y nada menos, que el noble sentimiento de la gratitud.

La procesión sentida e interiorizada, su itinerario vivido a solas con uno mismo como quien se pone en marcha tras la cruz-guía y peregrina. El culto público cuidado y preparado con sentimiento cofrade. El no conformarse con lo ya hecho, trillado y consabido; el tener la valentía de oponerse a ese tantas veces oído “esto es lo que siempre se ha hecho”, el arriesgarse en beneficio de la perfección, el innovar para sentirnos vivos y proclamar que anunciamos algo nuevo.

Y en esta calle Echegaray por la que vamos yo entono un elogio a las cosas bien hechas, un canto a las mentes que piensan en común, a esos proyectos cofrades largamente acariciados, debatidos, discutidos y planificados que mueve la ilusión y el amor desmedido por los Titulares. Cuantas horas a lo largo del año, durante todos los días del año, punteando detalles, amarrando ideas, enlazando voluntades para que todo salga como Ellos merecen y, por qué no decirlo, como nosotros sus cofrades somos capaces de hacer en su honor.

Porque este prodigio de la calle a la medida de la procesión, con la hora difusa y la luz calculada para que entremos de día y salgamos de noche, de las distancia exacta para la confidencia y la oración, de los metros justos para que lluevan los pétalos sobre el Señor de los Pasos y María Santísima del Rocío, de las esquinas precisas para la maniobra difícil, ejecutada con pasión a los acordes de una marcha medida, no es casual ni está ahí por arte de magia, sino porque ha habido mucho amor y trabajo obsequiado, mucha entrega y devoción, muchas mentes y muchos corazones latiendo juntos por sus Titulares. Eso es una cofradía. Sin ir más lejos, ésta del Rocío.

Y en cada pétalo de esas flores que caen lentos y dulces, de esos claveles que este año yo pido para Ellos, llueve la devoción, cada nota de música puesta en el aire tibio de marzo o de abril cuando van las colas empapando los lagrimones de cera, los tambores redoblando y las cornetas rasgando los tules de primavera, es un himno en alabanza que a gloria suena cuando flota el incienso suspendido.

Que larga se hacía, de vuelta, la calle de la Victoria en los tiempos difíciles de la Semana Santa!… que interminable el lento y desmadejado paso de los nazarenos subiéndola aquellos años del futuro incierto, en un ambiente triste de incertidumbre cansancio y retirada donde podían pasar muchas cosas y la noche era un enigma… que deslucido el esfuerzo de los hombres de trono regresando al barrio con todo el Martes Santo a cuestas, como si la procesión hubiera sido un trámite enojoso que hay que quitarse de encima como sea… Y sobre todo, qué diferencia ahora, cuando ha fructificado un largo periodo de concienciación y esfuerzo, de interiorización de que la hermandad somos todos y aquí no sobra nadie, de que nuestra túnica significa y compromete; de que salimos para confesar la fe y proclamar una adscripción sagrada, de que el honor de llevar alzados sobre hombros a nuestros Titulares es don y privilegio irrenunciable de cofrades… de que en definitiva todos juntos trabajamos por el reino de Dios bajo la mirada amorosa de María Santísima.

Y al pasar por la ermita de blancas paredes tapiadas, deshabitada y sola, casi olvidada, podríamos decir, en esta hora que la hermandad vuelve con la misma compostura con que salió y con la gratificante sensación de haber dejado bien el legado recibido, de que están, una vez más, en la calle los sagrados Titulares en sus tronos concitando la atención de los suyos, no puedo dejar de acordarme de los viejos cofrades, de aquellos que no están donde solían y que en diversas épocas de su historia dilatada, no consintieron su ruina y su pérdida; de los que se las arreglaron como pudieron en tiempos difíciles, y en varias ocasiones, para que el viejo lazareto extramuros se mantuviera en pie; de los que se sobrepusieron a todas las adversidades; de los que pidieron y de los que dieron, para poder seguir rezando en el mismo lugar que lo hicieron sus mayores; de los que sacaron de donde no había para que el Nazareno de los Pasos en el Monte Calvario y su madre la Virgen blanca del Rocío tuvieran su morada en el barrio victoriano donde habitan los suyos. Es la memoria de los que allí trabajaron tantos años por su causa sagrada, de los que allí vivieron su devoción sincera, el recuerdo estremecido de los que desde allí nos transmitieron sentimientos cofrades, a los que aquí convoco.

Y se alza, en medio de la noche, los sones magníficos de una marcha en tu honor, de un himno compuesto para honrar tu paso, para ensanchar de gozo los corazones amantes que son a estas alturas los que te sustentan y mecen, –no los hombros-, que miman tu trono al compás de estos acordes celestes y religiosos que ahora suenan de nuevo –no se si de Robles o Vázquez- y te envuelven, Rocío como antífonas entonadas a coro en tu alabanza, allí donde brincan las morilleras de tu palio y tiemblan, sorprendidas, las luces de cera, y se conmueven al unísono mil corazones congregados por Ti a las puertas de tu misma casa cuando te vuelves hacia nosotros y te miramos con pasión de hijos. Es la hora de decirte lo mismo de siempre, de que de la abundancia del corazón hable la boca, de vaciarnos el alma gritando aquello que en letras deslumbrantes leímos de niños: ¡eres Rocío de Amor!

Está en el limpio aire de hoy el sortilegio de esta banda que es mucho más que percusión, metal y madera, capaz de fijar instantes para siempre, de evocar vivencias sentidas hace mucho tiempo, de envolver recuerdos en sones vibrantes. La música como arte y como llamada a la emoción de contemplar la presencia solemne del Señor de los Pasos sustentado por amor, llevado por hombres de trono que se recrean en la suerte magnífica de sentirse elegidos. El privilegio de arrimar el hombro, el honor y la experiencia única de compartir un peso con los que están allí por lo mismo que tú y notarnos su mano sobre el hombro. La sensación pletórica de estar uno en su sitio.

Nazareno de los Pasos, Señor abrumado por el peso que entre unos y otros hemos echado en el madero, derribado por las culpas de todos en la estrecha y espinosa senda que sube hasta el Monte Calvario, mueve a arrepentimiento tu enésima caída y tu suerte aceptada a compasión. Cómo no conmoverse ante tu dulce faz, cómo no proclamar con énfasis ahora, que hemos salido en tu nombre al cruce de los caminos, que dice tu Evangelio, contigo alzado sobre hombros a las calles de Málaga confesando sin ambages la fe, que ponerse la túnica significa; que arrimar el hombro a tu varal, obliga; que colgarnos del cuello la medalla, compromete. Que ser cofrade es complicarnos la vida por tu causa, vivirla, también es cierto, con la alegría de quien se siente a gusto y confortado en un ámbito concreto: el de su propia cofradía a la que ama y siente como suya y en la que trabaja, con sus hermanos codo a codo.

Y nos viene a la mente, precisamente ahora, Jesús de los Pasos en el Monte Calvario, cuando te vemos envuelto en los sones jubilosos de un marcha y asciende leve el pesado aroma del incienso, ahora que asistimos a tu vuelta en triunfo mientras caen los pétalos y las alabanzas, como un presagio funesto de lo que va a venir o la amarga certeza de quien conoce bien el paño, como una súplica que no puede esperar a la tarde del Domingo de Pascua, el mismo ruego repentino del camino de Emaus: quédate con nosotros porque atardece. Detente, no sigas adelante Señor subiendo a ese Monte de la Calavera donde prosperan las pitas punzantes y los cardos, porque te necesitamos.

Quédate con nosotros porque, tu que todo lo conoces, sabes que te vamos a necesitar cuando caigan las sombras que tantas veces nos acechan. Porque –vamos a ser sinceros- en el mundo cofrade no es oro todo lo que reluce, porque se encerrará esta procesión, se apagarán los tronos rutilantes, enmudecerá esta trompetería gloriosa de la Semana Santa, se colgarán las túnicas de raso y guardará la plata labrada en las vitrinas, y quedará ante nosotros un año entero que a veces –demasiadas veces- se hace largo Señor. Toda una interminable travesía del desierto hasta que broten las yemas del entusiasmo la próxima Cuaresma, y mientras tanto ocasiones habrá, bien lo sabemos, en que cundirá el desaliento, habrá deserciones, tendremos que oír (o diremos) tantas veces eso de yo no tengo tiempo, y no será sencillo en absoluto ser cofrade.

Quédate con nosotros porque roerá sorda la mella de los días y te necesitaremos cuando vuelva la pesadilla de la discordia, la caída en la flagrante contradicción y el mal sueño de la división entre nosotros, estos mismos hermanos, Señor de los Pasos, que ahora todos a una arrimamos el hombro bajo tu trono resplandeciente sosteniéndote en vilo, (o a pulso si hace falta), con un latido único cuando desde los balcones caen flores de todos los colores o te cantan saetas.

Quédate con nosotros, Nazareno caído, porque vendrán días, o noches equívocas de esas en que nadie sabe nada, donde quien cante será el gallo, y cantará dos veces, y habrá madrugadas de insomnio y momentos de los que será mejor no hablar.

Pero también sabes, Señor que, así y todo, somos de los tuyos y que, cayéndonos y levantándonos, como Tu por esa calle de la Amargura, tratamos de seguirte en medio del caos de estos tiempos. Que somos de fiar y acunaremos la llama de tu luz en nuestra mano para que no se apague. Y que, llegado el momento, como cofrades de corazón responderemos.

Y surge de nuevo, concertada y clara, la melodía de una marcha, quizás de Vidrié o de Bueno. La música como escuela cofrade, como pretexto de hacer hermandad, de sembrar en buena tierra para mañana; de sumar cientos de jóvenes a esta causa sagrada, hermosa y tan nuestra que es la Semana Santa llevada en la sangre; de incorporar nuevos hermanos, orgullosos de su medalla al pecho, a la celebración participando, es decir, tomando parte; es más, tomando apasionadamente parte, porque aquí para tibieza sólo la del clima, poniendo todo el alma en el empeño y la estampa de los Titulares en el pentagrama, porque todo esto no es sino para Ellos, una ofrenda sonora, una concertada letanía; un cántico de alabanza infinita a esta Virgen Blanca que se mece en su nave de plata sobre el mar de los suyos, a la que aquí llamamos Rocío.

La música como forma de expresar en el papel pautado con todos los recursos del arte, esos que conmueven el alma y elevan el espíritu, un sentimiento religioso. Las vibrantes marchas queridas que hacen crecer en nuestro pecho el calor suave del orgullo, el íntimo e inconfundible sentido de la pertenencia, la consciencia de la adscripción irrevocable a los colores de nuestra propia túnica, al nombre venerado de nuestra cofradía, a la convicción heredada de aquellos mayores que nos inculcaron su manera de entender la vida y vivir la fe, su misma inquebrantable devoción a Jesús de los Pasos en el Monte Calvario y a su madre bendita, causa de nuestra alegría.

La música como convocatoria para congregarnos como tantas veces en tu nombre Señor, para laborar juntos en tu viña. La música cofrade como pretexto solidario y comprometido con la realidad que todos vivimos cada día. Las marchas compuestas en honor de los Titulares como forma de engarzar conciertos como cuentas de un rosario rezado para ti, Madre del Rocío, expresando con sones nuestro compromiso, proclamando con hechos que ser cofrade es acordarse permanentemente de los hermanos, del prójimo que nos necesita y obrar en consecuencia, que la caridad es ineludible para los que nos proclamamos cristianos y alzamos con orgullo tu estandarte.

La música, en fin, hay que decirlo aquí en esta casa, como seña de identidad propia de una corporación nazarena -ésta Hermandad Sacramental de San Lázaro- que abrió caminos en la concepción musical de la procesión en la calle; que caracterizó siempre su presencia en la Semana Santa con una sonoridad nueva y, en ocasiones, rompedora; que abrió con valentía y acierto una senda, la de las agrupaciones musicales y la bandas tras los tronos, por la que luego han transitado, en pos de la solemnidad y el esplendor, muchas, por no decir todas, las hermandades de Málaga.

Venid y vamos todos, arribo ahora al núcleo de mi discurso y os pido claveles para María Santísima del Rocío, Reina de nuestras almas, flor de las flores. Una invitación para acercaros hasta su mismo trono, contemplarla con arrobo y pronunciar su nombre bendito con unción. El pretexto de la ofrenda para saborear el gozo de su proximidad que siempre reconforta y dejar ante Ella, mirándola a la cara, una flor con el mismo propósito de quien enciende una vela. Unos momentos para el diálogo y la confidencia, también naturalmente para la plegaria y la alabanza que brota siempre espontánea cuando la miramos.

Con flores a María, claveles blancos restallantes de amor, ramos como jaculatorias para pronunciar ante Ella el nombre de bendito de Rocío, invocado tantas veces con esperanza, llevado a nuestra boca con gratitud. La blanca y fragante letanía de las guirnaldas rezadas en tu honor, verbalizadas con devoción sincera y convicción; el salterio floral con el aroma inequívoco de la santidad, la emoción de la ofrenda, depositando ante Ella un clavel con la misma fe de quien proclama tantas cosas encendiendo un cirio ante su altar o cantado la salve en su alabanza.

Yo se muy bien, porque lo dijo con arte y maestría un gran cofrade de esta casa, compañero con cuya amistad me honro, aquello de Rocío de mis entrañas, no existen flores que tengan semejanzas con tus colores. Pero, aún así he venido precisamente a eso, a tener el honor de pedir flores que tengan parecido, por remoto que sea, con el color que proclama y simboliza tu virginal pureza, el blanco de tus galas nupciales, el blanco de la alegría de sabernos tus hijos, el resplandeciente color de luz y vida.

Porque ya están aquí de nuevo los días queridos y esperados durante todo el año. Pronto será de nuevo Martes Santo y volveremos a derribar paredes con las mismas trompetas para que tú, Rosa de Jericó, rotas todas las barreras, desbordados de amor todos los cauces, salgas al barrio victoriano, bajes hasta las calles de la ciudad entera y acudas a la cita con los muchos que siempre te esperan puntuales cada Semana Santa.

Porque te esperamos todos Rocío, necesitamos ver el albor de tu presencia, la gracia de tu proximidad, vestir tu misma túnica o sentir tu peso sobre nuestros hombros y experimentar como late nuestro corazón cuando caemos en la cuenta de que somos hijos tuyos.

Rocío reina serena de los victorianos, majestuosa y a la vez cercana, enaltecida en su retablo antiguo y noble de San Lázaro, la misma mujer que vio san Juan en Patmos como una señal grande en el cielo, envuelta en el sol, con la luna debajo de los pies y sobre la cabeza una corona de doce estrellas, la misma que nosotros tendremos la dicha de ver un doce de septiembre anhelado, largamente aguardado, buscado, perseguido y, sobre todo, trabajado, cuya dorada aurora ya se columbra en un horizonte magnífico y resplandeciente para el que la cofradía entera se prepara con gozo en una espera activa, comprometida y solidaria.

El camino hacia esa jornada memorable y áurea, como todo camino soñado, como todo proyecto acariciado (y la caricia es siempre la expresión más atávica y humana del amor), conviene que sea largo, demorado, rico en experiencias cofrades y en momentos de esos que luego se guardan para toda la vida, como quien atesora recuerdos y emociones compartidas. Porque llegar a la coronación y vivirla, el poder decir siempre yo estuve allí, es la meta, sí. Pero llegar a ella sin bagaje adquirido, sin méritos contraídos, vacío de espíritu y, permitirme la expresión, deconstruído, en definitiva, sin haberse ganado uno a uno el derecho a gozarla y el honor de estar presente, es desperdiciar talentos de los que pueden exigirnos estrecha cuenta el día de mañana.

Por eso yo esta noche hago votos para que también veáis ese día vuestro propio esfuerzo coronado y os deseo a todos los que sentís como propio el anhelo magnífico de ese doce de septiembre en torno a la Virgen del Rocío, un feliz viaje, un venturoso itinerario cofrade hasta su Coronación.

Virgen del Rocío malagueña, inspiradora de artistas, musa celestial para pintores atraídos por tu encanto recatado y sencillo, novia espiritual, señorita de belleza suma y delicada en los pinceles de Félix Revello. Rocío que nos acercas de frente y por derecho al misterio de lo sagrado en el contorno nítido de las tintas planas y valientes de Eugenio Chicano, plenas de ensoñación y poesía. Rocío, reciente y convincente de este año, aliento de verdad, retratada por Fernando Núñez.

Rocío de los altísimos poetas que te llamaron madre nuestra del rocío que la noche hace escarcha para igualarse con tu blanco, que escribieron en tu alabanza endecasílabos gloriosos. Farola eres de amor en la alborada,/ promesa del perdón en que confío./ Lucero eres de paz, eres rocío,/ pura y limpia paloma, eres nevada.

Rocío de los pregoneros egregios que desde tantas tribunas alzaron su voz y cantaron tu corazón blanco sobre blanco, encajes de espuma marinera, victoria malagueña del Martes Santo, o proclamaron con gesto encendido que la noche tiene celos de tu hermosura; y la nieves de los valles de tu blancura. Yo mismo, modesta y torpemente balbucí aquello de que nos calará a todos “el rocío que destilan los cielos” en el alambique de ensueño del trono de la Virgen Novia, maravilla plateada y blanca y añado en esta hora que quiero –que queremos todos- que el día que todos aguardamos nos cale hasta lo más hondo de nuestra alma el aroma de tu santidad al verte de amor y oro coronada.

Y que decir de los músicos a los que inspiraste, Virgen del Rocío, esas marchas compuestas en tu alabanza que llaman al entusiasmo colectivo, a mecerte despacio con arte y con respeto en medio del azul de la tarde. Las notas que despliegan el enorme poder de evocación de los compases hechos para acompasar tu trono de reina y nos traen, a veces de pronto y cuando menos lo esperamos, una ráfaga de recuerdos tuyos, madre admirable, sacudiéndonos en lo más profundo cuando se escuchan en cualquier sitio lejano o en otra época del año.

O de los imagineros, ungidos por tu propia gracia, Virgen de San Lázaro, contagiados por tu proximidad que tallaron la madera natural y noble hasta sacar, alumbrar más bien, el espíritu que contenía esa materia configurando tu belleza y modelando tu impronta delicada y celeste que trasciende tu dulzura de madre victoriana.

Porque todo es arte, verdad y belleza en rededor tuya, ofrenda y obsequio para ti, Rocío del alto Cielo, inspiradora de los más nobles anhelos humanos, esos que elevan nuestro espíritu y nos hacen mejores, porque todo se hace en torno a ti con amor, con el apasionamiento propio de los convencidos y con ese entusiasmo que siempre ha sido marchamo, santo y seña, de cofrades.

Por eso termino pidiendo para ti esta noche, con aire ya de víspera emocionada y expectante, la gloria humilde de las flores, el temblor de los claveles, mullidos de sangre y luz, la muda algarabía de una gran petalada, inextinguible, que baja abierta y lenta para envolverte de amor.

Carlos Ismael Álvarez García